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ONEYDA GONZÁLEZ SOBRE LA MUJER CREADORA Y LA AVELLANEDA

jagb @ 13:05

Juany, ya estoy por aquí.

1. Despierta, aunque, si he estado dormida, puedo volver a estarlo, así que mejor me sacudo la modorra.
2. Las víctimas pueden ser, y pueden dejar de serlo, o simplemente entrar en negociaciones que las lleven a ser menos víctimas, y/o a rebelarse, lo que quiere decir mejor: revelarse.
3. Es importante asumir las discusiones como entendimientos, puntos de circulación en la vía del desarrollo; y eso, una vía que tuvo un principio, un medio y un... Por ahí voy...

1. Escribías sobre los días del agua y esa modorra macondiana que se nos pega y nos hace sentir que el mundo se repite (Cien años de soledad); pero, si así fuera estuviéramos en el primer día, y tu blog ha servido para mucho más de lo que te propusiste en principio; creo que es un espacio de pensamiento sobre cultura y sociedad. Y el cine es la expresión de un ambiente que lo trasciende, así que es mejor no aislarlo de ese contexto.

Cuando escribí "Estoy despierta" vivía "en los días del agua", donde nada puede sacarnos del principio; tan dormida en mi supuesto despertar, que no recordaba algunos trabajos en los que otras personas me acompañaron. Fue por ellas que decidí volver a hablar de mi experiencia. Hay una actividad que recuerdo con orgullo. Se llamó “La Avellaneda bajo sospecha”, como el título de un libro de Susana Montero, habanera a quien admiro, porque no he visto muchos seres con semejante energía y, sobre todo, con tan moderada constancia. Ella compiló un libro titulado “Con el lente oblicuo” que me enseñó a mirar las cosas menos vertical u horizontalmente, porque no es bueno exagerar en ningún sentido. La mirada transversal de aquel libro fue una de las enseñanzas que recibí de ella. Hecho este homenaje imprescindible a Susana, vuelvo a mi historia.

2. Aquel 23 de marzo nos fuimos a la casa de Amalia Simoni (Casa de la mujer camagüeyana desde hace unos años y proyecto conjunto FMC/Cultura), para celebrar el importante nacimiento, de una forma poco usual. Empezamos con una conferencia sobre Teresa de la Parra (tan amante de la libertad, como enemiga de la inocencia que nos distancia de nuestra naturaleza), seguimos con presentaciones de libros sobre la mujer, y terminamos con la première del documental "Todas iban a ser reinas", sobre las mujeres exsoviéticas que habitan en esta urbe. Estábamos en el año 2006, dos años después del 190 aniversario del natalicio de la poetisa, pero antes habían ocurrido otras cosas.

Una de las tareas que cumplimos en el 2004, fue la publicación de un libro de Susana titulado “Lo bueno y lo bello: una estocada de género”, que ofrece un panorama de la narrativa femenina cubana de la época, y puede ser el más antiguo de la narrativa femenina del país. Pero aquella tarde fue la explosión de una necesidad expresiva. Fue la voluntad legítima de llenar ese vacío que dice Víctor Fowler. En lo que fuera la caballeriza de la vieja casona de la novia de Ignacio, se agruparon más de ochenta personas de muy diversas procedencias.

Fue un trabajo entre el Centro Provincial del Libro, la Televisión, y la Quinta Simoni. Por cierto, no faltaron hombres; muchos de ellos, jóvenes. Y, por cierto, la Avellaneda y sus colaboradoras consiguieron tener a muchos hombres a favor de su trabajo: Rafael María Mendive, Ramón Zambrana y Juan Clemente Zenea, entre otros; como ahora veo interés en ustedes (tuyo, de Víctor, de Abelardo), cada cual a su modo, pero intentado acompañar nuestras preocupaciones.

3. En el 2004, me pidieron un texto de la Avellaneda, representativo y útil a nuestro tiempo. Ahora mismo comparto un fragmento con los lectores de "La Pupila Insomne". Pero necesité hacer una introducción para explicar el porqué de mi elección y creo que fue el momento en que, siguiendo ideas como las que ha expuesto Marina, comprendí la necesidad de trabajar en sistema, y sistematizando. Sé que en algún momento me detuve, pero puede ser que fuera para tomar aire, o para repensar el camino. Por eso aproveché esta brecha.

Ciertamente hay que ir a las raíces, es conveniente revisarlas con cuidado. Como dice ella, Ana Betancourt hizo esa labor en 1868, mientras se trabajaba en la primera constitución de la República, Asamblea a la que según se dice no se le permitió entrar; pero antes, en 1860, había tenido lugar el proyecto de la Avellaneda en “El álbum cubano de lo bueno y lo bello”, del que Susana hizo la selección mencionada, y de manera inmediatamente anterior a la insurrección (1866/67) se publicó en Camagüey el periódico El céfiro que fue interrumpido al estallar la guerra.

Fundado por Domitila García Coronado y Sofía Estévez, tenía salida semanal. Sus temáticas estaban orientadas a la mujer, y parece haber causado mucho movimiento en la sociedad, porque alrededor de éste se produce un ambiente cultural propicio a la participación de mujeres menos conocidas que la Avellaneda, pero cuya labor fue imprescindible. Hablo de traductoras, periodistas, maestras, dramaturgas, actrices, poetisas y narradoras.

Por ellas, por las que siguieron la idea del 190 aniversario del natalicio de la Avellaneda, por Susana Montero y por Rosa la bayamesa, quien fundó un hospital de sangre en la Sierra de Najasa, y sostuvo con entereza una de las labores más anónimas que se puedan imaginar, pongo en manos de los lectores, ese trabajo. Lo hago, porque mientras nosotros discutimos sobre estas cosas, hay mucha gente igual de anónima, que sufre por diferencias terribles, como las que nos muestra "La bestia", una película que efectivamente tiene el mérito de señalar la brutalidad y la deshumanización a que pueden llegar las relaciones intrafamiliares. Y la hizo una jovencita que no debe haber asistido a un congreso feminista, pero, sin que lo sepa, es heredera de cualquier esfuerzo hecho anteriormente. En ese camino de la conciencia de género me gusta quedar siempre que puedo. Ahí va mi colaboración y algunos fragmentos del artículo de la Avellaneda.

“¿Quién se atreve a ser Feminista?”

“Cada día me dan más argumentos para ser feminista”, respondió Marijke Martens, un día en que ─irónica e irresponsable─, la llamé así en una conversación informal. A partir de esa frase surgió un diálogo sobre el tema que todavía hoy no deja de asombrarme. Ella, que viene de Europa, no sólo está convencida, sino que esgrime sin tregua cada una de sus razones. Razones de antes, de ahora y quien sabe si lleguen a ser razones de después.

La insistencia con que intenta demostrarse en nuestros días la inutilidad de sus conquistas y el sentido de utopía de los presupuestos del feminismo, como el considerar que ya hizo lo que tenía que hacer, pueden haber motivado mi pueril asombro, y sobre todo, pueden haberse erigido en pretextos para mi indiferencia de entonces ante cuestiones que mucho deberían interesarnos. Lo cierto es que hay quienes piensan que no es necesario pensar en esto, por lo que hay otros que ni siquiera piensan, antes bien, tratan con ligereza un tema tan serio como respetable.

El feminismo, como cualquier movimiento revolucionario tiene sobre sí, no ya las miradas de incredulidad y desconfianza, sino además el añadido de los temores que muchos de ellos generan a la vista de supuestos fracasos. Habría que preguntarse, sin embargo, cuánto le debe el rostro de la sociedad contemporánea a esos movimientos. Habría que ocuparse de discernir en cuánto podría cambiar el mundo de hoy en el plano de la justicia social, si lograra sistematizarse una labor de estudio, de comprensión y de aprovechamiento de sus valores.

Estas ideas vinieron a mí cuando me preguntaron qué texto de la Avellaneda podría publicar Antenas en el año del 190 aniversario de su natalicio. Hubiera sido posible escoger algún otro, cuyos valores encontraría el lector de inmediato. Yo preferí recomendar el artículo “La Mujer” aparecido en 1860 en una revista fundada por ella a su regreso de España, en la ciudad de La Habana.

La publicación, conocida como “Álbum cubano de lo bueno y lo bello”, estaba dirigida esencialmente al “bello sexo”, aunque a juicio de Susana Montero, fue estratégicamente concebida por la poetisa para influir sobre las mentalidades de sus lectoras/es a propósito de la relación entre los géneros. Lo cierto es que el artículo fue recogido por la autora dentro de sus Obras Completas de donde terminó excluyendo numerosos trabajos literarios en un gesto de rigor profesional; dato de interés para calcular el valor que llegó a concederle a éste.

Que se asome el lector a esta zona del pensamiento de la Avellaneda para que aprecie su grado de compromiso con la llamada “emancipación de la mujer”, presupone un llamado a la moderación; aunque al mismo tiempo infiera una actitud menos pasiva, una conciencia, una actividad. Habría que aprovechar las ganancias del presente en virtud de nuevas y más altas aspiraciones. Este es un trabajo en el que ella asumió una postura inteligente, pero sin temor a expresar sus ideas con infinita franqueza.

Pienso que el artículo “La Mujer” y el punto de vista que lo sustenta ─elevar la autoestima como primer paso para alcanzar una liberación verdadera─, tiene todavía mucho que ayudarnos si en verdad tenemos la aspiración de relaciones sociales más humanas. Sólo así podría confiarse en que desaparezcan los prejuicios. Sólo así podría vislumbrarse un ambiente de calma al asumir estas discusiones. Sólo así puedo esperar que mi amiga Marijke Martens sienta menos la tensión de tan rotundos argumentos.

Oneyda González

LA MUJER EN SU CAPACIDAD CIENTÍFICA, ARTÍSTICA Y LITERARIA
por Gertrudis Gómez de Avellaneda

Si aún necesitásemos nuevas demostraciones de que la fuerza moral e intelectual de la mujer se iguala con la del hombre, no tendríamos más que buscarlas —con solo otra mirada rapidísima— en el campo de la literatura y las artes. No decimos también de la ciencia, porque estando ésta basada únicamente en el conocimiento de las realidades —que los mayores genios no pueden poseer por intuición— sería absurdo pretender hallar gran número de celebridades científicas en esa mitad de la especie, para la que están cerradas todas las puertas de los grandes institutos reputándose hasta ridícula la aspiración de su alma a los estudios profundos. La capacidad de la mujer para la ciencia no es admitida a prueba por los que deciden soberanamente su negación, y causa asombro que —aún así— no falten ejemplos de perseverantes talentos femeninos, que han logrado forzar de vez en cuando la entrada del santuario, para arrancar a la misteriosa deidad algunos de sus secretos.

***

Desde la más remota antigüedad vemos a la mujer dando muestras de que nació dotada de instinto artístico, que había de salvar al cabo cuantas murallas se le opusieran. Las musas mitológicas eran, probablemente, apoteosis de mujeres ilustres de los primeros tiempos, iniciadoras de las artes; pero sin necesidad de recurrir a hipótesis, sabido es que —según respetables opiniones— se debe a una mujer la invención de la pintura; que otra ha puesto las bases de la primera sociedad de bellas artes, estableciendo los juegos florales..... Y, ¿quién ignora que Safo fue célebre entre los más celebres poetas griegos de su época; que Corinna venció a Píndaro; que Tesálida infundía —con los mágicos sones de su lira— el heroísmo del guerrero en los juveniles corazones de las doncellas argivas? No intentaremos descender a los tiempos modernos: la Europa sola nos abrumaría con el inmenso número de sus glorias; y la América —ese mundo tan nuevo en que he nacido— la América misma llovería sobre nosotras multitud de nombres de distinguidas hembras, que sostienen en ella el movimiento intelectual amenazado de sofocación, en unas partes por la preponderancia de los intereses materiales, y en otras por las disensiones civiles.

Y, ¿cómo no ser así, cuando —al descubrir Colon una parte de estas regiones vírgenes— pudo notar con asombro que la naciente civilización de aquel pueblo y el genio de su poesía estaban encarnados en el hermoso cuerpo de una mujer? Anacaona era la sibila inspirada de una de nuestras ricas islas tropicales. A su voz —resonando entre las armonías de los bosques— se suavizaron las costumbres de aquellas tribus bárbaras, se reveló a sus entendimientos la soberanía de la inteligencia, y obedecieron como a reina a la que veneraban como a oráculo.

***

La humilde persona que suscribe estos artículos, no aspira en manera alguna a presentarse a vosotras como digno campeón de nuestro común derecho; pero séale permitido —al enorgullecerse de los triunfos del sexo— haceros notar, por término final de esta breves observaciones, un hecho evidente, que quizá prueba más que todos los argumentos. En los países en que la mujer está envilecida, no vive nada que sea grande; la servidumbre, la barbarie, la ruina moral es el destino inevitable a que se hallan condenados.

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