CINE, SUJETO, PODER
He seguido con mucho interés todo lo que se ha estado debatiendo en el blog en torno a la mujer en el cine cubano. He querido escuchar más que participar, porque como dije en un post anterior, en estos predios tengo un mundo que aprender.
Para ser honesto, lo de la invisibilidad de la mujer ha sido el detonador que me ha puesto a pensar en la invisibilidad de otros sujetos dentro del cine cubano: ¿no son también invisibles los negros?, ¿los gays?, ¿los religiosos?, ¿los marginales?, ¿las prostitutas?, ¿los drogadictos?, ¿los presos?, es decir, ¿todos los que incumplen con las pautas dominantes de representatividad social, pero que “existen” con sus dramas personales?
Se me dirá que no, que ya hay películas donde se muestran a estos sujetos. Que Sara Gómez llegó a mostrarlos a lo largo y ancho de la pantalla en “La otra isla”. Es cierto que los documentales de Sarita se perciben como espacios donde hay una autoconciencia de mujer y negra. Y un cortometraje como “Ellas” (1964), de Theodor Christensen, nos avisaba muy temprano de ese interés de la Revolución por concederle a la mujer oportunidades que antes no conocía, concediéndole voz incluso a las antiguas prostitutas.
Pero yo me refiero a un corpus fílmico donde más importante que la descripción de esa “otra” realidad que trazamos (pero no analizamos), lo sea la postura que no teme en exponer los argumentos de quien está en desventaja, o debe subordinarse al criterio dominante (el de aquellos grupos que están en el poder y dictan las normas). Sabemos que las razones del subalterno jamás podrán coincidir con las del que somete, pero en nuestro cine rara vez escuchamos su versión de los hechos en su propia voz: casi siempre es un intermediario el que habla por él, que explica, que moraliza.
Cuando hablo del “Poder” no aludo solo al político. Este término lo asocio a algo mucho más complejo y demoledor. “Poder”, en mí caso, es aquello que provoca en mí, como individuo, que me sienta un intrascendente número entre el cero y el infinito. Poder lo asocio al acto impotente de gritarles a los políticos aún sabiendo que están muy lejos para que me escuchen. Pero también es percatarme de que si me escuchan eso tampoco resuelve demasiado, porque entonces llegarán los que sin ser políticos son racistas, u homofóbicos, o machistas, o tienen una cantidad inmensa de dinero que les permite pasar por encima de la solidaridad con el fin de acumular más dinero, o una “cultura” impresionante que anula mi autoestima de ciudadano común, o que se creen tan puros que hacen de su código moral un manual de obligatorio cumplimiento para todo el mundo.
Supongo que el tema de la presencia del negro en el cine cubano, para poner un ejemplo de otro sujeto “invisible”, suscite las mismas controversias que el de la mujer. Sin embargo, en lo personal no me interesaría tanto inventariar la cantidad de cineastas negros o negras que han filmado o dejado de filmar en Cuba, como explorar el modo en que se ha representado a ese “diferente”, el impacto real que ha tenido en el imaginario público esa manera distinta de caracterizar a los negros a partir de 1959, así como los mecanismos sutiles que todavía impiden que distingamos en la distancia a un cineasta negro.
¿Existirán en nuestra cinematografía filmes que discutan el criterio homogenizador a través del cual, para decirlo con palabras de Víctor Fowler, el negro cubano no aparezca como “un autor neutro”, sino que sea capaz de reflejar los problemas que le son propios a su condición étnica y cultural?, ¿esas películas serán capaces de mostrarnos el racismo que, “a pesar de todo”, perdura?, ¿un racismo que en muchas ocasiones amplifica el propio negro, incapaz de detectar los mecanismos denigratorios contra sí mismo que lleva en vena, sin siquiera sospecharlo?. Los negros que hoy vemos en pantalla, ¿encarnan los problemas más angustiosos que debe enfrentar un hombre de su piel en la vida diaria?, ¿o de una mujer negra y sin recursos económicos o de instrucción?
Lo que echo de menos en todo esto que hemos estado hablando es probablemente la falta de voluntad para ir más allá de lo que los espejos nos devuelven. No basta el pataleo frente a la realidad: es preciso desmontarla, y detectar las lógicas “interesadas” que se esconden detrás de las diversas producciones culturales que legitiman los grupos, para sobre esas bases, actuar como individuos a favor de un mejoramiento social. Quedarnos frente al espejo con el lamento puede contribuir a desahogarnos (no censuro a quien así lo haga, porque además, es su soberano derecho), pero no contribuye a cambiar el estado de las cosas. Más bien ayuda a dejarlas intactas, dada la persistente mala memoria de esos seres que hacen de los “Acuerdos” un “No me acuerdo: play it again”. Y mientras, la vida pasa. Y el Poder (los Poderes) nos siguen haciendo invisibles, cuando no nos anula.
Para empezar, se impone que analicemos a profundidad al individuo que somos, y preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para librarnos de esa incómoda invisibilidad? ¿Estamos libres del cansancio que impera por esta época?, ¿libres de la indolencia?, ¿de la autocensura?, ¿de la fobia a sumergirnos en la complejidad?, ¿del acomodamiento intelectual que suele soslayar lo polémico en nombre de una falsa neutralidad académica?
Cuando hace un tiempo me referí a esa lamentable tradición en la cual nos sentimos cómodos delegando en terceros con “autoridad” que alguna vez nos representarán, me inspiraba en una reflexión de Bretch que a ratos he citado. Cierto que él la ubicaba en otro contexto, pero en esencia nos puede dar idea de lo nocivo que deviene postergar el análisis de nuestras fortalezas y debilidades, para en vez de actuar, “reaccionar”, que siempre será signo de que otros ya se han apoderado de las iniciativas. Decía Brecht:
“Muchos de los que son perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores. La persecución les parece la mayor injusticia. Los perseguidores son, puesto que persiguen, los malos; ellos, los perseguidos, lo son a causa de su bondad. (…) Para decir que los buenos no fueron vencidos porque eran buenos, sino porque eran débiles, hace falta valor”.
Yo, que no soy ni bueno ni valiente ni fuerte, que soy una persona común (demasiado común), con aspiraciones de vivir en una sociedad que me garantice lo mínimo que necesita un hombre para sentirse digno (no riquezas materiales, sino posibilidades de expresarme, pues como advertía Pascal, “toda la dignidad del hombre está en su pensamiento”) un día decidí abrirme este blog. Lo abrí en medio de incontables temores, pues sabía que eso habría de sumarme detractores. Con el tiempo he ganado amigos que me ayudan a encontrar respuestas a preguntas ante las cuales me siento impotente. Otros no publican lo que piensan, pero apoyan leyendo, o sencillamente aceptando las descargas. Pero me he encontrado algunos que, con igual cariño y buena voluntad, me interrogan sobre el posible sentido que tiene para mí esta perdida de tiempo, si al final, nada va a cambiar. Y se supone que estemos por lo mismo: la cultura cubana.
A veces pienso (ahora hablo de lo referido al cine) que lo que está predominando es esa actitud de indiferencia hacia uno mismo. Mala noticia, porque si uno no se estima, ¿qué derecho hay a reclamarle esa estima a un tercero?, ¿y qué obligación de escuchar esas demandas ha de sentir ese tercero, si lo que se reclama llega sin la fuerza de los argumentos que van a las raíces?
Juan Antonio García Borrero

Meneame
del.icio.us


Un Comentario »
Juani:- Tú has tocado, pero desde otra vertiente, una problemática
underground que a todos sin excepción nos matiza, independientemente de que
unos sean actores, otros los protagonistas principales y otros, los más
numerosos, simples espectadores. Y de lo que se trata Juani es( para referirme
a una de las aristas señaladas por tí) que los que más han hablado del negro en
Cuba son precisamente blancos: Fernando Ortiz vio lo que desde ya era
inevitable, el impacto de la raza con sus creencias, tradiciones, bailes e
ideosincrasia en eso que dudosamente se llama la identidad cultural cubana, sin
embargo, llevado por su incial concepción filosófica, vio en aquellos negros
libres asociados en fraternidades, que ya habían venido con Colón desde el Sur
de España, la escoria de una sociedad que no se sonrojaba con la deverguenza
de la esclavitud.Allí está el criterio lombrosiano del llamado 3er descubridor
de Cuba plasmado en " Los negros curros".Sí,le damos las gracias al Don por
haber tocado y soportado lo que otros no quisieron tocar ni ver, pero también
le agradecimos que rectificara su visión inicial sobre ese sector que tenía
derecho a defenderse en el seno de una sociedad eminentemente racista.Después
vendrían otros.La señora Lidia Cabreray lo poetas y novelistas, amén de los
folcloristas que de alguna manera convirtieron al negro en bufo, guapo, brujo,
bruto, inculto, grosero, escandaloso, solariego, mujeriego, y a la larga lo
recluyeron en la celda de aquellos que lo único que saben hacer es deporte y
música(no culta, por supuesto). Todavía está por escribir la obra culta hecha
por un negro que hable del negro de manera normal, sin exotismos, ni
sobreprotección ni estupideces. Leyéndote me venía a la cabeza Richard Wright
con " El hombre invisible" y Franz Fanón con su concepto de la negritud, y el
asimilado y sufrido Aimee Ceceare desde su Martinica que siendo negros,
escribían con una lástima de sí mismos que me sacaba de paso. En Cuba, el
origen y la permanencia del racismo tiene mucha tela por donde cortar. Es
evidente que en el ICR y el ICAIC los intelectuales están más dispuestos a
seguir los patrones occidentales impuestos por la Hélade del 1er Mundo, y nadie
se atreve a hacer un guión donde el negro sea el protagonista. Ahí tienes a
Jorge Ryan, un actor de primera línea que han dejado envejecer sin nunca haber
ocupado un puesto de rango en alguna novela malucha de esas que hacemos todos
los días o en el cine, salvo hace quizás 30 años en Maluala. Tuvo Yayi que
salir con Rita Montaner a españa con María la O para que lo apludieran y la
prensa se encargara casi exclusivamente de él.
Seguiremos hablando en la próxima.