REYNALDO GONZÁLEZ SOBRE LA CRÍTICA
SOBRE CINE, MELONES O SANDALIAS
Por Reynaldo González
Querido Juani:
Me ha picado el asunto de la crítica de cine (o de cualquier asunto) en la televisión (o en cualquier otro medio), porque entre nosotros la cuestión de la crítica se ha convertido, inobjetablemente, en un «asunto crítico». Pero le dan una altisonancia inmedible y, de paso, impagable. Como la vieja recurrencia idiomática de llamar «momento crucial» a cada punto en la historia, en los negocios, en la vida. La expresión padeció la reiteración, la dejadez y ya todo era crucial. El gran burlón que fue Borges, para herir la retórica del habla hueca si quiere parecer solemne, en una entrevista y por un motivo baladí, soltó una perla. «Este es un momento crucial, como todos los anteriores.» Y algo así pasa con la crítica: debería ser espontánea, dispuesta a saltar ante la más leve motivación, pero se nos ha convertido en un ritual desacostumbrado, por eso la rodean de ritualidades. En el asunto de la crítica de cine hablamos de aromáticas presencias y de sublimadas ausencias, pero, como se dice ahora, «ese no es el punto». El punto es el saludable hábito de la crítica, que el raciocinio despierto la imponga porque la siente como necesidad. La crítica ya sale dañada si nace convocada. Si para que se mueva el pensamiento inconforme –y la inconformidad es connatural a la crítica– le hiciera falta una convocatoria, es que tenemos el meollo adormilado, dependiente de reclamos exteriores, ordenanzas o como quiera llamárseles. Lo que se ha perdido es la actitud crítica. Ya sea sobre cine, melones o sandalias. Paulatinamente la crítica fue sustituida por una amorfa aceptación, una obsecuencia que también acude para hablar de cine, melones o sandalias.
Contrario a la reflexión crítica, abunda la información relamida sobre algunos asuntos. Quizás hallemos el momento en que empezó a declinar. Las convocatorias llegaban custodiadas por autorizaciones. Ya no sólo qué se criticaba sino quién lo hacía. Terminó confundido el oficio de propagandista –válido y necesario– con el de supuesto crítico «autorizado», la proposición a ver una película quedó en un énfasis de pretensión analítica, forma untuosa que la inadvertencia toma como ejercicio del criterio, retórica que pide préstamos al lenguaje teórico, a la cuantificación, a la adjetivación aparentemente definitoria –este importante director, esta importante producción...– para concluir en una papilla masajante y no informativa. Es un lenguaje ampuloso, con tres palabras vacuas donde cabría solamente una, si fuera inteligente. Con esas paparruchadas eso inefable que llaman «comunicador» gana categoría de crítico. Has mencionado a colegas que cumplen su cometido con eficacia y salvan el oficio, pero abundan los otros y uno se pregunta si no pudiéramos ver el cine, nomás, sin introitos que desprecian la inteligencia común. Recibimos un parloteo de «enterados» que a su vez padecen y hacen padecer ese aparato ortopédico llamado teleprompter, porque el pecado lo cometieron al hilvanar en lenguaje macarrónico lo que luego debían leer ante la cámara, amparados en no sé qué convencimiento de que la legibilidad estorba. Me pregunto si se requieren más espacios sobre cine o mejor aprovechamiento de los existentes. Eso pasa también con otras disciplinas. Se impondría dar la voz a quien la sabe usar, a quien tiene algo que decir.
En varias ocasiones, y en tus libros, trataste el monopolio icáico, la imposición de una historia del cine desde y para el ICAIC, en desatención de otras producciones. Eso ocurrió, pero desarrolló su estela. Después vinieron interesados olvidos, obvios silenciamientos. La vida ha quebrado aquel monopolio y su autoridad, que no fue sino una infundada imposición mesiánica. En los primeros tiempos los aspirantes a realizadores «documentaban» el cine siguiendo pautas de la oficina que les pagaba. Por mucho tiempo dijeron qué se debía pensar sobre el cine cubano, incluso establecieron un reconocible «lenguaje ICAIC». El tiempo pasó. Y pasaron insoslayables quebraderos de cabezas. Ahora, ante una crisis que no es solamente de recursos, sino de talento, cuando varias películas parecen salidas de un mismo troquel, entregas de una saga acogida a la comedia –«comedietas» me permití llamarlas–, téngase o no sentido del humor y a veces sin la más elemental capacidad para narrar historias, al panorama fílmico acuden sorpresas desde otras orillas, acogidas a las nuevas tecnologías, a veces heroicas producciones familiares. Más que sorpresas deberían tenerse como aleccionadores estremecimientos. La «industria» se resigna a un padrinazgo tardío, o busca talentos fuera del elenco archiconocido, demasiado agotado. Puede ser una solución sabia.
Y en medio de todo están los avatares de una «crítica» que pocas veces habla de esos pormenores, incapaz de lecturas cruzadas y de investigaciones que calcen sus afirmaciones. Si algo necesitan los espectadores capaces que constituyen el público cubano no es la sobredosis de recitativos que le endilgan a las películas –muy pocas veces sobre cine, sobre el arte, sino siguiendo la vieja receta del contenidismo como tábula rasa–; le sobran las pasiones palabreras que afirman o niegan. En tu comentario trazas un panorama de posibles confrontaciones entre personas capacitadas, a algunos citas por sus nombres, frente a un panorama que las desechó. Hoy los enlatados nos introducen en los estudios hollywoodenses, conocemos sus talentos y los pormenores de sus filmes, pero no se discute el destino de nuestra vida cinematográfica, sus actores, la manera en que se forman, las contradicciones que afrontan, las posibilidades que tienen y el éxodo del talento, joven o viejo, que es una palpitante realidad. La información puede y debe ser crítica, sin temor a no coincidir en lo correctamente político trasladado al terreno de la creación artística. Sabemos que ese dilema sobrepasa el cine, su solución no está en las manos de los críticos y cronistas cinematográficos. Pero debo pensar que sí está en el terreno en que se desenvuelven. Allí el debate fraudulento puede ser debate verdadero, sin conclusiones previas, sin slogans, sin la obligatoriedad del canto como un diezmo. Quizás así aprenderemos de cine, a la espera de saber también sobre melones y sandalias.

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