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FÉLIX SÁNCHEZ A PROPÓSITO DEL TEXTO DE IÁN PADRÓN

jagb @ 12:02

MI REINO POR UN CARTUCHO MÁS....
(A los lectores de la carta abierta a Julia Osendi)

“¡No siempre han de ser inútiles la honradez y el valor!”
JOSÉ MARTÍ

Compañeros, colegas, cubanos:

No he recibido hasta hoy respuesta alguna de Julia Osendi, ni de ninguna institución que haya estado detrás de la censura al jonrón de Kendry Morales, pero sí muchos mensajes de amigos y de gente que sencillamente ha querido transmitirme su solidaridad, agradecerme el bien que puede hacer una reflexión así a la patria, a nuestro futuro. Otros, aunque no me han escrito, sé que han sentido y expresado su respaldo a estas palabras. A todos debo gratitud, esos actos compensan con creces todos los sinsabores del silencio.

Cuando uno da un paso así, sabiendo o imaginando los riesgos —de una tendenciosa interpretación, de la ira que puede despertarse en los cuestionados—, lo hace sacrificando su instinto de conservación, casi acopiando, acumulando en una dirección única, esos gramos de valor que todos más o menos llevamos dentro y que las causas nobles nos ayudan a agrupar. No se trata de un valor excepcional ni mucho menos, es el mismo del que en una asamblea levantó su mano contra la corriente, del que sabiéndose en desventaja optó por hacer lo correcto en un momento de la vida.

Mi carta abierta podía decir más. Claro, lo sé. Solo un tonto creería otra cosa. Una carta no es un manifiesto. Pero entiendo que los que te agradecen ese acto, recordando a Martí en su sentencia sobre los desagradecidos y las manchas del sol, se fijan, no en las ausencias, sino en el poco de luz de esas palabras, en lo que se dijo y no en lo que se dejó de decir. Cuando alguien tiene sed y le tiendes medio vaso de agua, lo justo, lo moral, es que recuerde que le diste un vaso medio lleno de agua y no un vaso medio vacío.

Por esto que les he dicho antes, me ha resultado realmente “simpático” algo que he leído en el blog del importante crítico de cine Juan Antonio García, días atrás, un artículo de la autoría del joven realizador cinematográfico Ián Padrón, que él tituló “¿Béisbol o no béisbol cubano?”, en cuya introducción, verdaderamente como de pasada, calentando el brazo, se refiere a la carta abierta y cierra su referencia —luego de atenuar la participación de Julia Osendi con cierta filosofía de que “maldad de muchos, culpa de nadie”— con estas palabras, donde el reconocimiento a la honestidad funciona solo como analgésico para el mazazo final:

Aquel que hizo la carta hacia Julia fue honesto, pero no tuvo toda la valentía para llamar a las cosas por su nombre”.

No he escrito “simpático” por error, es que tras darle muchas vueltas a la conclusión del joven cineasta, no he encontrado otro adjetivo mejor. Tanta gente a la que ha faltado valor para defender la verdad en la historia de nuestras censuras deportivas, incluso no pocos probablemente en este caso específico de Kendry, y el joven cineasta elige para herir, disminuir en su orgullo, precisamente al que se ha atrevido a denunciar lo ocurrido y lanzar la denuncia a los cuatro vientos.

Confieso que, tras un primer momento de desconcierto, pensé responder a esta parcialidad, a este insulto, de un modo más enérgico, escribí algunas cosas que Ián Padrón merecía escuchar acerca de la tradición que existe en la ética (y también en la dramaturgia del cine), y que exige que si irrumpo y digo que te faltó valor para algo, seguidamente me atreva a ese algo, so pena de resultar un villano o un bufón. Pero al final me pareció excesivo todo, un derroche de pólvora, y me confié a las útiles lecciones de la historia.

Seguramente Ián Padrón conoce bien la anécdota de nuestras guerras independentistas, cuando un capitán se negó a cumplir la orden personal del Generalísimo de tomar un fuerte con tres cartuchos por hombre. Para el capitán era una locura intentar la toma del fuerte con ese parque. El Generalísimo obvió sancionar a su subordinado diciéndole cobarde o algo similar (ningún mambí pusilánime llegaba a capitán). Como hacen los héroes, y Máximo Gómez sí lo era, cuestionó el valor de su oficial de otro modo, se colocó ante la tropa, les dijo a los soldados que entregara cada uno dos de los tres cartuchos que tenía, y partió al frente de ellos a tomar con apenas un cartucho por fusil el fuerte español. Y lo tomó.

Yo creo finalmente que sí, que me faltó mucho valor en esa carta. Mi valor no es muy grande, y menos infinito. En mis veinticinco años de servicio en las FAR hice lo posible porque estuviera a la altura del deber, de cada circunstancia, pero nunca logré que creciera tanto como para vanagloriarme hoy de él. Nunca me propondría para kamikaze con una sonrisa de desafío a la muerte en los labios. He corrido muchas veces en mi vida y no puedo jurar que no lo haré otras tantas. Sé lo que es el susto, el temor, y la cautela, y muchas veces he callado y después me he enojado con esa victoria de mi prudencia. Pero nunca esperé que alguien, por su aval de un documental sobre la pelota, un documental valioso, humano, un buen documental, pero donde no menciona ni causas ni nombres de nada, y que se dice tan preocupado por la pelota cubana, leyera mi carta y se propusiera reparar únicamente en la supuesta mancha solar, en el vaso medio vacío, como los desagradecidos. ¿Ya antes habrá acusado Ián Padrón públicamente a alguien, así sin rodeos, por falta de valor para algo? ¿Lo hizo en aquellos días de censura de su documental? ¿Estrena acaso su etapa de radicalismo conmigo? ¿Me ha concedido el mérito de ser diana inaugural de tan virtuosa saeta?

Como el joven realizador achaca lo que yo no digo, mi “faltante”, a un problema de insuficiente valor y no desconocimiento, se nos presenta incluso como adivino. Sí señor, allá, a cuatrocientos sesenta kilómetros de Ciego de Ávila, sin haber intercambiado jamás una palabra conmigo, Ián Padrón sabe lo que yo sé y lo que me callo. ¿Desaprovecharán a partir de hoy los abnegados oficiales de Día y noche esta singular facultad suya?

Lo esperanzador es saber que, si el joven realizador dice que yo no llamé las cosas por su nombre, está pregonando a la misma vez que él sí sabe esas otras cosas, ese complemento silenciado por mí, y, por supuesto, cuáles son sus nombres (y apellidos) verdaderos. Con la misma fuerza con que blasona esto, me imagino que ha de sentir la responsabilidad pública de administrar esta riqueza informativa que posee y ostenta. ¿Debe esperarse mucho para que esta responsabilidad halle curso más útil que un infeliz y simpático anatema contra mí?

Yo me hice algunas preguntas en la carta que parece que para él, muy cercano a los medios, a la capital de todos los cubanos, y en particular a Julia Osendi, no son necesarias. Si él no necesita las respuestas a estas preguntas, porque sabe los nombres reales de las cosas, me lleva gran ventaja, está en condiciones, con su valor (que espero no resulte inferior al del Gómez de la anécdota, asumiendo yo el papel del aleccionado capitán), de contribuir a la continuidad y profundidad de la polémica. Solo nos queda esperar, pues, que suene la claqueta y se reanude la filmación. ¿Quizás Ián está pidiendo que otros se pongan, junto con él, o por él, valientemente, la chamarra de Industriales, y salgan al combate? Me gustaría que este itinerario en busca de la verdad y los responsables de la censura, no terminara causando apenas un embotellamiento fotogénico en las puertas de un estudio del ICRT.

Aguardo, les digo, porque no creerá Ián Padrón que la sublime lección suya de cómo llamar a las cosas por su nombre esté en su documental, en su carta de protesta, en el propio texto “¿Béisbol o no béisbol cubano?”, este último un listado de preocupaciones y propuestas, sin un cuestionamiento revolucionador, una duda, una objeción, sin causas ni responsables, auténtico ejemplo del discurso fiel a los límites, donde no hay un solo porqué. Se trata de un documento-programa muy propio de un buen amante del béisbol, que la burocracia leerá siempre con satisfacción, pero lejano de esa agudeza, ese saber ver lo esencial tras lo aparente, que uno esperaría de una gente de cine, arte que siempre ha nucleado —y recuerdo aquellas polémicas de los 60— a verdaderos paradigmas de nuestro pensamiento cultural. No, seguramente habrá otro texto (otro fuerte español tomado) de Ián Padrón, un documento sí radical, repleto de cosas bien llamadas por su nombre, y donde, por supuesto, su valor cumplirá con las expectativas de exceder en no menos de dos pulgadas la nimia estatura del mío.

Les debía estas palabras a todos. Me siento mejor. Gracias a los que han reconocido la utilidad de la carta abierta, y me han perdonado mi escala humana, sin exigirme la virilidad de un gladiador romano.

Gracias también a Ián Padrón, cómo no. Soy escritor, tengo nombre, como todo ser humano (aunque para el joven realizador soy solo “aquel que la carta escribe”), y he descubierto ya, en mi más de medio siglo de trajinar con la vida y con los libros, que mientras más conozco a algunos de mis contemporáneos mejor entiendo a muchos personajes de la literatura, desde Alonso Quijano hasta Julien Sorel.

Un abrazo fraterno,

Félix Sánchez
Ciego de Ávila, 18 de octubre de 2009

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