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SOBRE LA HISTORIA, LAS FUENTES, Y LOS HISTORIADORES

jagb @ 14:26

No quisiera caer en la trampa de las provocaciones que se filtran a través de esos enemigos rumores de siempre, de los mensajitos que se dejan caer en medio de una conversación inocente con un “Por cierto…” entre dramático y misterioso, que ya te anuncia lo que vendrá. En definitiva, no creo ser valiente, pero he querido asumir con nombre y apellidos todo lo que he escrito sobre el cine cubano, y he tratado de argumentar mis ideas DESDE CAMAGÜEY. Podré estar equivocado, pero defiendo el derecho a expresar mis argumentos, y por supuesto, estoy al tanto del derecho ajeno a que me repliquen.

Solo diré algo. Me irrita que uno de los “argumentos” más enérgicos que suelen insinuar algunos de los inconformes con determinadas ideas que he expuesto sobre el cine cubano, es que soy demasiado joven (lo cual ya no es tan cierto), por lo que no puedo entender lo sucedido en “el pasado”. Y esta otra que me regalan a modo de propina: “que no he vivido en el ICAIC”. Esas objeciones, lamentablemente, no se ventilan en la esfera pública, sino que las hacen convivir en los sótanos de las catedrales del anónimo.

Hay en “El cartero de Neruda” un bocadillo que a mí me gusta mucho. Es aquel que se escucha cuando el poeta le reclama a su nuevo amigo que está apropiándose de sus versos para enamorar a la mujer deseada, y el repartidor de misivas le suelta esto que no tiene precio: “La poesía no es de quien la hace, sino de quien la necesita”. Lo mismo podría decirse del cine cubano, que no pertenece a quienes lo hacen, sino a todos aquellos que se supone que lo necesitamos, y ya hemos incorporado a nuestra existencia. Intentar establecer ese tipo de feudo simbólico, no es otra cosa que intentar apropiarse de algo que no les pertenece en exclusiva.

Por otro lado, también me irrita que apelen a “mi juventud” como algo que invalida el debate crítico con quienes nos han antecedido, porque de ser cierta esa limitación, no sé cómo podría explicarse que aquellos que no llegaron a ver con vida a José Martí se sigan inspirando en él, concediéndole de paso responsabilidades contemporáneas (y que conste que hablo de Martí como una figura que cívicamente me resulta estimulante).

Pero al final no es eso lo que más me incomoda. Lo que me irrita es que se crea que defender al ICAIC como proyecto cultural, tenga que devenir necesariamente en una apología interminable, un surtidor sempiterno de panegíricos. Eso me recuerda la queja de Bolívar cuando pregonaba aquello de “me quieren bien, pero me defienden mal”. Al margen de que a mí lo que me interesa es el cine cubano en su totalidad, nunca he dejado de reconocer el protagonismo de la institución ICAIC en la vida cultural de este país. Tampoco he minimizado sus aportes.

Hasta donde puedo recordar, lo que he estado proponiendo es un enfoque “rashomonesco” de la historia del cine cubano. Dicho de otra manera: nunca me he creído dueño de la verdad histórica, porque además, creo que nadie (ni siquiera los protagonistas más activos que aquellos acontecimientos que marcan a toda una época) la tiene. Esa Verdad (con mayúsculas) hay que reconstruirla entre todos, y creo que si algún mérito tiene este blog es ese: demostrar que ninguna fuente tiene el monopolio de la verdad. Por protagónica que haya sido esa fuente en el evento que sea.

Pero aunque esa es una evidencia que muy pocos se atreverían a negar, se insiste en mantener las parcelas. O lo que es lo mismo, se prefieren mantener las paredes que dividen e impiden mirar más allá, antes que tender los puentes que reconcilian. Pondré un ejemplo demasiado personal, pero eso a veces es necesario. En septiembre del año pasado, Desiderio Navarro me invitó a hablar sobre el cine cubano de los setenta en la sede del Centro que dirige. Ese Centro no está en Miami, ni en Madrid, ni en París: está en el noveno piso del edificio que ocupa el ICAIC en el Vedado habanero.

Confieso algo. Acepté porque me lo pidió Desiderio Navarro. Y porque Desiderio escribió aquel ensayo sobre el intelectual que mucho me ha ayudado a tomar más conciencia de la obligación de pensar por cabeza propia. Y escribí el texto tratando de ser sobre todo honesto conmigo mismo: con mis dudas por delante, porque tenía la ilusión de que algunos de los que sí vivieron ese período histórico que evocaba contribuyeran con sus opiniones, sus objeciones, sus “verdades”, a enriquecer el conocimiento colectivo.

Al final, pese al calor infernal de aquella noche, guardo un buen recuerdo del encuentro toda vez que acudieron amigos e intelectuales a los que respeto muchísimo. Pero siempre me quedó por dentro esta interrogante: ¿cómo es posible que a un debate sobre el cine cubano, convocado en el noveno piso del ICAIC (no en la UNEAC, no en Camagüey, no en Miami, sino en el noveno piso del ICAIC), apenas participaran tres cineastas (Enrique Colina, Enrique Pineda Barnet, y Humberto Padrón), y cuatro críticos (Luciano Castillo, Mario Naito, Víctor Fowler, y Maylin Machado)?

Yo no estoy muy de acuerdo con eso de que “la Historia la escriben los vencedores”. En realidad, la Historia (por lo general) la escriben los historiadores que relatan lo que los vencedores quieren leer. Con esto lo que quiero decir es que ningún grupo, por poderoso que pueda resultar, tiene el poder de controlar a “La Historia”, que es algo irracional e inefable. Lo que se controla son los parámetros de la escritura de ese relato que con el tiempo va resultando más bien un palimsepto: así que cada historiador sabe la responsabilidad que le corresponde.

Tal vez ese sea el origen de la impopularidad del oficio entre un montón de intelectuales que, aunque hoy figuran en La Historia, en su momento no duraron en mostrar con verdadero énfasis su aversión por ese ejercicio más literario que científico. Tengo a mano algunas de esas invectivas: “Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo” (Jean Paul Sartre), “Quizás la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia” (Aldous Huxley), “La historia es una galería de cuadros en la que hay pocos originales y muchas copias” (Alexis de Tocqueville).

Aunque me resultan divertidas las sentencias citadas, debo confesar que para mí la Historia sí resulta importante. No solo por lo que dice de “los grandes hombres”, sino también por el hecho de que me ayuda a entender que quienes figuran en ella no son esa mayoría que componen la existencia humana, sino justo “las élites” que tienen las posibilidades y recursos para legitimar sus particulares visiones de la realidad, y hablar en nombre de “muchos”. Por eso me obsesiona tanto indagar en cómo se construyen “las Historias”, y quiénes quedan fuera.

Sé que es inevitable que aquellos que mandan establezcan las reglas del juego. Hoy mismo, el capitalismo, no obstante la debacle que va viviendo ese sistema, tiene un conjunto de historiadores (eruditos a toda prueba) que ha sabido aprovechar muy bien el desastre del antiguo “socialismo” para sugerir que el Fin de la Historia llegó, y que el individualismo burgués es la solución a todos esos problemas de la humanidad que la “élite” de aquel socialismo (también burgués, aunque con otra fraseología) no supo resolver. Hay millones de gente experimentando la “pobreza extrema” precisamente por esa endiablada ambición que fomenta el capitalismo, pero esa no es la Historia que se vende: para esos perdedores jamás se pensará una página, una reflexión, un ensayo, un libro. Son, sencillamente, perdedores destinados a ser para siempre “invisibles”.

Traigo a colación todo esto porque en lo personal pienso que la opción socialista es mucho más humanista que ese “sálvese quien pueda” que promueve el capitalismo. Ahora, ¿es posible defender algo sin que exista un debate transparente de la Historia de estas utopías?, ¿Qué nos enseñe de sus errores y de sus aciertos?

Y en el caso del cine cubano: ¿puede crecer ese cine (o ese audiovisual) si la mayoría de los jóvenes que ahora mismo intentan hacerlo no tienen idea de las limitaciones con las que debieron lidiar los cineastas en el pasado?, ¿no estarán ellos condenados a tropezar con los mismos escollos y pelear con los mismos demonios de siempre?

Juan Antonio García Borrero

Un Comentario »

Rodolfo Caballero — 26-10-2009 - 18:01:15 GMT 1

Mi querido Ju and Tonio, el problema de la Historia no es que la escriban los vencedores o los vencidos, los ricos o los pobres, partidiarios de izquierda o derecha. Según mis estudios !y tengo edad para opinar, ja!, El Problema Fundamental de La Historia es !que la escriben!. Y nada escrito es confiable (ni yo). Así de fácil. Qué jamón eh. Una de las cosas que no he dejado atrás con mi juventud, es la rebeldía. La rebeldia es creadora. Por otra parte, a los garabatos académicos, y todo el que escribe historia de considera un académico, al menos en su rol, yo le aplico la Física Relativista de Albertico, que a pesar de contar con una miserable estilográfica como laboratorio, era un genio. Albert postulaba la velocidad de la luz como un concepto absoluto, el resto depende del punto de vista del observador. Y no es que yo crea 100% en él, pues algunos pifias cometió, pero no quiero refutarlo para no abusar de tus lectores. En fin Brother, hay tantas versiones de la historia que no vale la pena romperse mucho la cabeza. Yo por ejemplo, si me decido a buscar información sobre Africa, apelo a Edgar Rice Burroughs. Si en cambio, necesito información sobre la Isla !con mi memoria basta!. Bueno, no siempre. Lo confieso. Ahora mismo recuerdo !los cines que habían en nuestro Villorio!: Amalia Simoni, Camaguey, Social, Alkazar, Casablanca, Encanto y Guerrero. !Pero escapan, precisamente, cuando alcanzaban su definición final!. Entre tu, yo y el resto de los internautas, cuéntame que fue de ellos. Anímate a écharle un "dizque" al asunto y pupilea un inventario. Tu también tienes algo de historiador pero como somos socitos, y el deber termina donde empieza la amistad. !Prometo que voy a creérmelo!.
Un abrazo.

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